viernes, 15 de enero de 2010

Verdades en el cenicero.

El tiempo a veces carece de momentos para ensayos, tanteos para vivir aun la vida que nos toca vivir, aunque sea un instante de ella, la preparación justo antes de ese momento único que nos definirá como lo que somos. Quizá descubrir la pesquisa de la causa y adelantarnos al efecto, mermar internamente los arrebatos de la consciencia con fines de guarecer el alma en el conflicto que de ella deviene al verse envuelta en la disyuntiva constante que se vive momento a momento. Los sentidos, capaces cuales reptiles a volar, en un atrevimiento pobre y a fuerza de empujes solo de ciertas voluntades se empecinan con guardar los detalles que creemos erróneamente relevantes, perseguir cenizas para encontrar fuego aunque la prueba de que es pasado no sea menos que sutil sino vulgarmente cierta. Y de aquel trozo de verdad partir a la verdad misma de las cosas, hacer ciencia y proclamar aforismos, cual fénix renace de lo que pretendemos entender de aquello que ardió y que ni siquiera evidenciamos. Verdades en el cenicero.

¿Qué hay de aquellos que dicen perder el tiempo, que ya menguados por el ocio y comprimidos a una baratija perpleja, reserva intrastornada del molde que se pretendió con la forma ya imperfecta del creador, parados en la inercia del instante que ya se demuestra atrasado? Más que perdidos, diría yo, ni siquiera existen, aun no han de nacer y ni hablar de perecer. Morir merece como condición haber estado aquí, en el ahora, justo en este preciso instante, por lo que descarnarse no implica duelo alguno por parte de los entendidos.

Tendidos bajo el techo de este ático se cuelan pensamientos de otros cientos más hermosos y malditos, como si pensar hoy en día no se hiciera por sí mismo, la individual senda del fluir sin influencias resumida a los primeros tiempos, o como dijo un amigo hace ya un tiempo: que la filosofía moderna en si misma terminó con Nietzsche, y que la repetición promiscua de las ideas ya fundadas redunda en palabras más rotundas como si esto le otorgara un gramo más de verdad. ¿Qué queda del hombre en su post-modernidad, lleno de filosofías e ideas que fallaron en resolver el conflicto y haciendo acopio de las mismas, como fijando una esperanza en el replanteamiento de cómo vemos las cosas? Da risa pensar que con los tantos alardes del hombre de hoy aun existan irresueltos los mismos antiguos prodigios, y la juventud como Alicia en su sortilegio de Babia, sujetos a vivir una vida que no entienden y que no se molestan en entender, y así van anirvanados en la inocencia que les ofrece del más dulce de los anestésicos: el no saber. ¿Entonces por qué no decir que estamos todos frisados en el tiempo y que la vida como la conocemos nos dejo rotos y ciegos?

A Dios, si pudiera desprenderlo del cielo, le arrancaría los ojos y los pegaría a los míos, con tal de ver, con tal de no ser ciego; le arrancaría los labios con tal de no expulsar un respiro mas sin sentido; trasplantaría su corazón en lugar del mío para no sentir y usaría sus alas para ir lejos de aquí y hacer lo que él, olvidarme.

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